11 minutos (11 minut), de Jerzy Skolimowski | 2015, 81’

La última película del legendario director polaco, reconocido en 2016 con el Premio de Honor en el Festival de Venecia. Varias tramas paralelas reflejan 11 minutos de la vida de un grupo de personas cuyos destinos se cruzarán una tarde de verano en Varsovia. La acción de ritmo vertiginoso dominado por el suspense, despojada de cualquier explicación psicológica, explora de forma magistral la esencia misma del cine: el tiempo y el movimiento. Una obra brillante y visualmente espectacular, con la que Skolimowski demuestra ser un cineasta de espíritu joven con ganas de experimentar.

  • Dirección: Jerzy Skolimowski

  • Guión: Jerzy Skolimowski

  • Fotografía: Mikołaj Łebkowski

  • Montaje: Agnieszka Glińska

  • Música: Paweł Mykietyn

  • Reparto: Paulina Chapko (Anna Hellman), Wojciech Mecwaldowski (Hellman, marido de Anna), Richard Dormer (director de Hollywood, Richard Martin), Agata Buzek, Piotr Głowacki (pareja de alpinistas), Andrzej Chyra (vendedor de hot dogs), Dawid Ogrodnik (camello), Jan Nowicki (pintor)

  • Producción: Skopia Film (Polonia, Irlanda)

Premios:

  • Gdynia Film Festival – Premio Especial del Jurado, Premio al Mejor Montaje y a la Mejor Música

  • Venecia IFF – Premio del Jurado Joven

  • Lisbon & Estoril Film Festival – Premio “Jaeger-LeCoultre” a la Mejor Película

  • Golden Rooster and Hundred Flowers Film Festival (Nanchang) – Premio a la Mejor Dirección

Reseña de Piotr Czerkawski

Jerzy Skolimowski, el eterno enfant terrible del cine polaco de nuevo nos ha tomado el pelo. 11 minutos se merece elogios aunque por razones totalmente distintas de lo que podríamos pensar. La nueva película del director polaco no tiene la profundidad artística de Cuatro noches con Anna. En cambio, resulta ser un thriller magníficamente realizado que deja fuera del combate y sin mayor esfuerzo a la competencia local en el campo del cine de género. Sin embargo, resulta difícil evitar la impresión de que las aspiraciones de Skolimowski iban mucho más allá.

El autor de 11 minutos es un creador demasiado exigente consigo mismo para copiar los esquemas hollywoodienses. La película de este gran director polaco, aún muy atractivo para el espectador, juguetea discretamente con sus hábitos. A diferencia del cine catastrofista clásico no encontraremos en Skolimowski la fe en el individuo heroico capaz de detener el Apocalipsis. 11 minutos es una burla de la ingenua creencia de que es posible engañar el destino y que la inclemente fortuna se dejará derrotar en el último momento. Todo eso suena bastante nihilista pero, igualmente, puede constituir tan solo una travesura del autor.

La displicencia manifiesta es probablemente el único nexo entre 11 minutos y los experimentos de la nueva ola de los principios de la carrera del director. El encanto travieso de Skolimowski también encuentra su reflejo en el lenguaje de la película. El veterano director en el umbral de sus ochenta años, hizo una película dinámicamente montada, de ritmo trepidante y seductora con su energía anarquista. Sin embargo hay momentos en los que la bravura que tanto caracteriza al creador polaco resulta ser fatal. El guión esbozado de manera descuidada sorprende con sus muchas simplificaciones. En efecto Skolimowski imita unos esquemas en tono de burla pero bebe de otros con gusto. El concepto en el que se basa la película 11 minutos afirma que, por culpa de una casualidad trágica, se unen las vidas de una decena de personas, entre otros un dealer de estupefacientes, un director rico, un vendedor de perritos calientes y una muchacha sumida en depresión. Lo único que tienen en común los protagonistas procedentes de diferentes ambientes es haberse encontrado en el mismo momento en una de las calles de Varsovia. Pero Skolimowski parece no darse cuenta de que la idea de un encuentro casual que cambia para siempre el destino de un grupo de personas desconocidas ya fue explotado sin piedad: tomemos como ejemplo las obras de Alejandro Gonzalez Iñarritu. Las obras del mejicano, tales como 21 gramos o Babel, antes consideradas muy refinadas, hoy día son el sinónimo del kitsch seudoartístico. No extraña entonces que cualquier intento de interpretar 11 minutos revela el vacío de la película. Independientemente de que si Skolimowski trata de avisarnos de lo imprevisible de la vida o se lamenta por la destrucción de las relaciones humanas, todo ello en la pantalla suena demasiado ingenuo o declaratorio. Es mejor creer que 11 minutos es una película no del todo pensada, una clase maestra de posibilidades creativas realizada de aquella manera. Skolimowski consigue poner al espectador en un estado de trance por casi una hora y media del espectáculo, hasta tal punto que deja de lado su escepticismo y simplemente siente placer contemplando una historia hábilmente contada.

De cualquier modo, el creador polaco no repite esta vez el éxito de Essential Killing en el buen hacer del director que va acompañado de ideas nada banales. Esa película mantenía en tensión sacando al espectador de su zona de confort y borraba con eficiencia el límite entre el bien y el mal.

Pero sobe todo disponía de un protagonista nítido, en una situación extrema obligado a poner en entredicho su propia humanidad y entregarse a ciegas al instinto de la supervivencia. Los personajes de 11 minutos no reciben la misma oportunidad ni dilemas tan complicados. Se quedan en el papel de peones dispuestos por el director-demiurgo sobre una enorme tabla de ajedrez.

11 minutos que despierta fascinación e irritación al mismo tiempo, formalmente admirable e ideológicamente superficial, escapa a valoraciones unívocas. Al fin de cuentas recuerda una fiesta en la que nos divertimos maravillosamente pero que al día siguiente no nos acordamos de nada. Eso no quiere decir que no valió la pena haber aceptado la invitación.

© Kino, núm. 10, octubre 2015, p. 65