Camper (Kamper), de Łukasz Grzegorzek| 2016, 89’

Mateusz (Camper) y Mania llevan varios años casados. Su vida parece agradable y fácil: viven en un piso bonito pagado por los suegros, trabajan en lo que les gusta. Ella es trabajadora y ambiciosa, su pasión es la cocina y sueña con tener su propio negocio. Él trabaja como probador de videojuegos, es un niño eterno y le gusta vivir sin grandes compromisos. Hace tiempo estuvieron locamente enamorados el uno del otro, ahora tienen que decidir si el siguiente paso en la vida lo quieren hacer juntos. Camper en la terminología de videojuegos se refiere a la persona que en vez de actuar, prefiere esconderse y esperar a que alguien se coloque en su blanco. Con esta actitud pasiva el director define al protagonista de la película, logrando un sincero y divertido retrato generacional de los treintañeros.

  • Dirección: Łukasz Grzegorzek

  • Guión: Krzysztof Umiński

  • Fotografía: Weronika Bilska

  • Montaje: Łukasz Grzegorzek

  • Música: Czarny HIFI

  • Reparto: Piotr Żurawski (Mateusz/Camper), Marta Nieradkiewicz (Mania, esposa de Camper), Sheily Jimenez (Luna), Justyna Suwała (Dorota), Bartłomiej Świderski (Carlos), Jacek Braciak (Marek Bana).

  • Producción: Koskino, Polonia.

Premios:

  • Raindance Film Festival (Londres)- Premio al Mejor Debut de Largometraje

Reseña de Artur Zaborski

No solo a los treintañeros de hoy, retratados en la película, les resultará fácil identificarse con los personajes de la ópera prima de Łukasz Grzegorzek. El protagonista titular Kamper (Piotr Żurawski) trabaja en una empresa que testea juegos de PC. Su apodo es el nombre que suele ponerse al jugador que evita confrontaciones con el enemigo y pasa de un nivel a otro escondido en la sombra. Es más seguro pero, ¿acaso esto le satisface? Para el director, que no hace ascos a inspiraciones tomadas de su propia biografía, esta táctica se convierte en una metáfora del estilo de vida de la generación kidults, adultos inmaduros, que van a contracorriente en el trabajo y en la vida personal.

Kamper y su amor Mania (Marta Nieradkiewicz) están viviendo una crisis. La muchacha traicionó al protagonista con un hombre mucho mayor, una celebridad que presenta en la televisión un programa de cocina. Kamper no es capaz de digerir la traición, porque no encuentra la respuesta a la pregunta que él mismo se plantea: ¿Qué me falta a mí? ¿Por qué Mania necesitó liarse con otro?

Grzegorzek dibuja en la pantalla un espectro completo de complejos de los polacos de hoy: falta de seguridad de sí mismos, incapacidad de tomar decisiones, envidia de los mejor situados en la vida. Los protagonistas son incapaces de enfrentarse a lo que les duele. Ambos son listos y lo suficientemente liberados como para hablar sinceramente y sin frenos sobre temas difíciles. Y sin embargo, el miedo ante la responsabilidad por las palabras dichas, las emociones llamadas por su nombre y las acusaciones lanzadas les paralizan hasta tal punto que prefieren seguir siendo “kampers”.

Es una lástima que el director no profundice más en su diagnosis. Muestra cómo el comportamiento de los protagonistas destroza las relaciones interhumanas pero no nos permite mirar dentro de las cabezas, ver sus efectos en cada uno de ellos. Tanto Kamper como Mania recompensan su inseguridad seduciendo a personajes atractivos y difíciles de conseguir (ella al solicitado cocinero de un show televisivo, él a una atractiva profesora de español). Les gusta también buscar el olvido en el fondo de una copa. Bajo los efectos del alcohol, Kamper sin embargo, no se lamenta de sí mismo ni de su pareja, sino se divierte como loco en compañía de mujeres más jóvenes que él, con lo que pone en aprieto incómodo a sus colegas que conocen su situación personal.

El debut de Grzegorzek recuerda un poco las películas escandinavas cuyos protagonistas consideran signo de debilidad dejar al descubierto sus emociones. Pero Kamper está sumergida en la realidad polaca. Juega de manera inteligente con los estereotipos polacos. Por ejemplo, la opinión que la profesión del testeador de juegos es para vagos. En la película debe tener nervios de acero, un error suyo puede costar a la empresa millones de dólares. Kamper ofrece muchas escenas costumbristas que tanto evitan nuestros cineastas. Los cigarrillos fumados o el vino bebido en el banco de un parque, por su sencillez hacen pensar en los indie movies americanos. Tienen el encanto y el estilo gracias a la naturalidad de los actores y su ropa de buen gusto de los hipster. Y también gracias a la música. El rapero Pezet grabó, después de algún tiempo de silencio, una composición nueva para la película. Es al son de ¿Qué pasa conmigo? que Żurawski efectúa uno de los bailes más increíbles que últimamente podemos ver en el cine. En Polonia, parece que poco a poco nos estamos convirtiendo en especialistas en esos bailes solitarios. Antaño el baile de “chochol”, el muñeco de paja, simbolizaba la cautividad del país. Los saltitos de hoy son más bien una metáfora de la fuerza que dormita en los danzantes, reprimida por las normas culturales y las propias limitaciones. Ewa Dalkowska en Body/Cuerpo de Malgorzata Szumowska bailó semidesnuda “La muerte en bikini” del grupo Repúblika, Krzysztof Kiersznowski en Arizona en mi cabeza de Matthias Huser se deja arrastrar por el hit “White rabbit” de Jefferson Airplane. Żurawski difiere de ellos por la edad, pero no por el nivel.

En cambio, Grzegorzek se diferencia de sus colegas de profesión por una especial sensibilidad al espacio. El piso de nuevos ricos donde viven Kamper y Mania atrae por su lujo pero al mismo tiempo crea distancia por su frialdad. Tiene también una habitación que no casa con el resto del apartamento, donde el protagonista titular encuentra una clase de asilo; llena de juguetes, gadgets y otros elementos del mundo infantil que Kamper cultiva en su interior. Cuando Kamper y Mania están en su asilo se comportan como niños, haciéndose cosquillas y bromas. Cuando entran en su cocina de diseño o en el dormitorio, la tranquilidad y la sonrisa desaparecen; empieza la así llamada vida verdadera, con los problemas de tipo traición, aburrimiento o desilusión.

La manera de mostrar la transformación del protagonista es un éxito de Grzegorzek. El director no tiene ninguna duda de que su personaje seguirá sin saber lo que quiere aún cuando esté lo suficientemente maduro como para abandonar las cuatro paredes de su piso de nuevo rico. Pero al menos sabrá que es lo que no quiere. Y eso ya es bastante para la generación de los kidults.

© Kino, núm. 7, julio 2016, p. 71