Demon, de Marcin Wrona | 2015, 93’

Peter llega desde Inglaterra a Polonia para casarse con Zaneta. El padre de la novia les regala unas tierras para que construyan su hogar. Al preparar el suelo para la futura casa, el novio encuentra huesos humanos: una huella oculta del genocidio judío. La boda, que se celebra al día siguiente, se convierte en el escenario de una posesión demoníaca que remite al mito judío del dybbuk y la turbulenta historia de Polonia. Una película desasosegante que desborda los lindes del género de terror, con una gran banda sonora compuesta por Krzysztof Penderecki.

  • Dirección: Marcin Wrona

  • Guión: Marcin Wrona, Paweł Maślona

  • Fotografía: Paweł Flis

  • Montaje: Piotr Kmiecik

  • Música: Krzysztof Penderecki, Marcin Macuk

  • Reparto: Itay Tiran (Peter), Agnieszka Żulewska (Zaneta, la novia de Peter), Tomasz Schuchardt (hermano de Zaneta), Katarzyna Herman (Gabryjelska), Adam Woronowicz (el médico), Włodzimierz Press (el maestro, Szymon Wentz), Tomasz Ziętek (Ronaldo), Cezary Kosiński (el cura)

  • Producción: Magnet Film, Polonia.

Premios:

  • Festival de Cine Fantástico de Sitges – Premio a la Mejor Fotografía

  • Festival de Cine Jóven de la Europa del Este Cottbus – Mención Especial

Reseña de Konrad J. Zarebski

Marcin Wrona era oriundo de Tarnów. Eso explica porque fue precisamente él quien trasladó a la pantalla la obra de Piotr Rowinski Adherencia. Tarnów es una ciudad singular: en 1939 el 45 por ciento de su población era judía. Bajo la ocupación 40 mil judíos fueron encerrados en el gueto de la ciudad, poco a poco y sistemáticamente aniquilados desde el año 1941 hasta la liquidación del gueto en 1943. Después de la guerra en Tarnów vivía aún un millar de judíos, actualmente no hay ninguno. Pero queda la memoria: una amplia exposición dedicada a la población judía local en el Museo Regional, el cementerio judío bien cuidado, las ruinas de una sinagoga del siglo XVII recién descubiertas para el público y las placas conmemorativas en las paredes de las casas que informan sobre el Holocausto.

Demon habla de la desmemoria, o más exactamente de los efectos de la desmemoria. El protagonista de la película llega de Inglaterra para casarse con su novia, la hija de un potentado local. El suegro les regala a los jóvenes un trozo de tierra con una vieja casa que antes había pertenecido a judíos. La víspera de la boda el novio se pone a cavar la tierra para colocar la piscina. Encuentra huesos humanos. Desde ese momento ya nada será igual: el espíritu de Hana allí enterrada entra en el cuerpo de Piotr. Empieza una noche extraña, la noche de la boda y también la noche de dybuk que cada vez más se adhiere al cuerpo de Piotr, hasta devorarlo totalmente.

Decir de Demon que es una mezcla de La boda de Wojtek Smarzowski y de una ración de miedo aderezada con humor negro (es decir, sin decirlo en voz alta, un pastiche posmoderno de películas de miedo) parece demasiado simple. Aunque solo fuera porque en La boda de Smarzowski el alcohol servido en exceso es un catalizador que revela los rostros verdaderos (aunque caricaturizados) de los invitados. En Demon el suegro de Piotr ordena poner todo el alcohol sobre la mesa para que los asistentes no se dieran cuenta de lo que ocurría al novio, y también para ocultar el miedo ante lo desconocido.

Otra cosa es que este miedo podría no existir. Es cierto que la aparición de un dybuk judaico en una boda católica podría despertar consternación pero no miedo: ya se sabe que para espantar al dybuk hay que llamar a un tzadik. Pero este conocimiento no surge del aire. Si cada tanto tiempo alguna de las emisoras de televisión recordara la película Dybuk (1937) de Michal Waszynski , una obra maestra presente en cualquier manual de la historia de cine que se precie y celosamente oculta durante los 45 años en la Polonia Comunista, acompañada de un comentario adecuado, en el salón de bodas siempre habría alguien que sabría diagnosticar correctamente el comportamiento de Piotr.

El cine polaco suele mirar las relaciones polaco-judías a través del prisma del Holocausto, tanto para probar que los polacos salvaban a judíos como para convencer de que los asesinaban. Marcin Wrona hábilmente evita este contexto, únicamente constata la ausencia tanto de la sociedad judía como del conocimiento elemental de su cultura. Pero no es más que una señal de un problema mucho más extenso. A lo largo de muchos siglos nuestro país era una República de muchas naciones; durante cientos de años supimos coexistir con los judíos, los lituanos, los ucranianos, los alemanes, los checos, los lemcos o los gitanos que habitaban en nuestro territorio y cuya cultura llegó a formar parte de la nuestra. Los designios de la Historia hicieron que las fronteras de Polonia cambiaran; cambió también la demografía polaca. Demon de Marcin Wrona es un llamamiento para recuperar la memoria sobre esta parte de nuestra cultura que debemos a los otros, que también son nuestros porque sus cuerpos yacen enterrados en nuestra tierra. ¡Todo Polonia yace sobre huesos! – de pronto grita la novia y no se equivoca: nuestro país está edificado sobre los huesos de diferentes naciones. Y hay que volver a aprender de nuevo a beber de esta diversidad.

Es verdad que Demon es diferente de las películas anteriores de Marcin Wrona, pero conserva la consistencia compacta de Mi sangre y el sentido de la observación de Bautizo. Y también la capacidad de llevar a los intérpretes tan característica para este director. Porque la interpretación en Demon es de más alto nivel: la sensibilidad y la casi literalidad con la que Itay Tiran encarna a Piotr poseído por dybuk, es arte mayor. Lo mismo podemos decir de Andrzej Grabowski en el papel del suegro o de Tomasz Schuchardt interpretando al hermano de la novia.

El cine polaco echará de menos a Marcin Wrona. Su trabajo con el actor, su buen hacer, su talento para crear la tensión y su capacidad de observación. Y sobre todo su postura incondicional y su valor para decir la verdad en la cara, como en Demon.

© Kino, núm. 11, noviembre 2015, pp. 86-87